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Creí que después de abortar todo sería como antes

01.11.2018

 

Yo, al igual que muchas mujeres, utilicé el aborto como un método rápido y fácil de terminar con un embarazo no deseado. Tenía la certeza que al día siguiente todo sería como antes. Pero no fue así, tras el hecho, comenzaron múltiples secuelas: presenté una hemorragia masiva que puso en riesgo mi vida; en corto plazo terminó la relación con el padre del bebé; tratando de llenar el vacío de mi vientre comía sin control; mi autoestima caía sin fondo; sufría periodos de tristeza profunda y llanto permanente.

 

Gracias a un amigo, asistí a un grupo terapéutico, que me ayudó mucho. Sin embargo, algo tan simple como el llanto de un niño me era insoportable. El estrés de mi trabajo, donde escuchaba llantos y gritos de niños, me llevó a vivir en tensión constante y a sufrir una disfonía espasmódica. Esta patología incurable trajo consigo cambios radicales en mi vida laboral y social, difíciles de aceptar.

 

Con los años inicié una nueva relación de pareja y  fuimos bendecidos con un hijo. ¡Estábamos felices! A los 4 meses de embarazo me enfrento otra vez a la palabra aborto: esa fue la solución del especialista por la malformación congénita que detectaron en el bebé. Rechazamos esa opción, y continuamos con el embarazo, no cometería dos veces el mismo error. Con un amor profundo por nuestro hijo y una confianza inmensa en Dios, vivimos día a día nuestra espera, pero a los pocos meses su corazón dejó de latir.

 

Pasado el tiempo, quisimos volver a intentarlo  y realizamos los exámenes preconcepcionales, todos con resultados normales. Quedamos embarazados y sentimos la ilusión de ser padres de nuevo. Pero, a las 16 semanas de gestación volvimos a perder a nuestro bebé. Según la médica era posible que las cicatrices de alguna cirugía previa estaban afectando el riego sanguíneo e impedía un buen desarrollo fetal. ¡No podía dejar de culparme por ello!

 

Tras la tercera pérdida, caí en una depresión profunda y pensé en el suicidio. Arrullaba a la almohada y alzaba el bebé de una amiga sintiéndolo como propio. Gracias a Dios, encontré ayuda espiritual y psicológica, entre ellos el Viñedo de Raquel. Inicié un proceso de sanación integral, que me llevó a encontrar esa paz profunda que necesitaba y a recuperar mi sentido de vida.

 

Hoy sé que después de un aborto nada es como antes.

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